Franco Volpi ha muerto

Oh Dios mío, da a cada uno su propia muerte,
el morir que nace de la vida,
en la que conoció el amor, el sentido y la penuria.

Rainer María Rilke,
El libro de la pobreza y de la muerte

Franco Volpi era profesor de Historia de la filosofía en la Universidad de Padua, consultor de la casa editorial Adelphi y colaboraba con el diario La Repubblica desde hacía diez años. Gran conocedor del pensamiento alemán contemporáneo y de la tradición aristotélica, era uno de los mayores estudiosos actuales de Martín Heidegger. Tuvimos la fortuna de escucharlo en diciembre de 2008 en nuestra universidad cuando, invitado por nuestro Centro de Investigaciones Filosóficas, dictó una conferencia sobre “Heidegger o el arte de vivir”.

En aquella ocasión nos decía: “la vida no es bella; debemos hacerla bella”. ¿Pero cómo hacerla bella si no estamos preparados, si no disponemos del saber-hacer indispensable? ¿Dónde adquiriremos entonces esa competencia?, ¿quién nos mostrará en qué consiste?, ¿quién nos enseñará hoy el arte de vivir? No serán las grandes cosmovisiones del pasado, que han desaparecido; ni tampoco la religión, de la cual lamentaba que en el mundo moderno hubiera perdido su fuerza de convicción entre los hombres. La muerte de Dios priva a los seres humanos de orientación en el mundo. La juventud yerra en una tierra ensombrecida. Y sin Dios, al hombre amenaza la vuelta a la animalidad: “cuando Dios muere, el hombre se animaliza”. Volpi nos exhortaba a volvernos hacia la filosofía en busca de consejo. Pero no a la de aquellos que embalsaman las ideas quitándoles la vida, sino sólo a la de quienes, en ausencia de los grandes filósofos del pasado, pueden darle hoy una voz al pensamiento de aquéllos y de esta manera vivificar nuestra existencia, sólo a la de aquellos que piensan frente a las circunstancias que les tocan vivir y conciben ideas para responder a ellas. Puesto que la filosofía plantea las grandes cuestiones que interesan a la existencia, de ella puede venir una luz que ilumine nuestros caminos en estos tiempos de crisis, puede inspirar otros modelos de vida y ser hoy nuestra maestra en el arte de vivir.

Al escuchar a Volpi, no se tenía la impresión de asistir sólo a la exposición teórica de una tesis que afirmaba una compenetrada relación entre vida y filosofía, sino también a una demostración práctica y convincente de esa tesis, pues su persona misma trasuntaba esa compenetración. Y esta impresión se afirmó en el diálogo que siguió a la conferencia y durante el almuerzo en el que participaron otros colegas. Hubo allí una conversación animada que permitió en varios momentos entrar brevemente en temas filosóficos y, en lo que a mí respecta, interrogarle sobre su libro El Nihilismo y otras cuestiones. Abierto al diálogo, atento a las objeciones, sin la mínima arrogancia, espiritual, culto, próximo, llano, Franco Volpi respiraba la alegría de filosofar y su amor por la belleza.

Deseábamos continuar el diálogo iniciado con él y abrigábamos muchas expectativas sobre su venida al coloquio acerca de la técnica que organiza nuestro Centro para septiembre de 2009. Pero el día l3 de abril Volpi, ciclista apasionado, había salido en su bicicleta para hacer un paseo por el territorio comunal de San Germano dei Berici (Italia). Al llegar a una esquina, fue embestido por un automóvil y cayó al pavimento perdiendo inmediatamente el conocimiento. Trasladado a un hospital cercano, murió al día siguiente. Tenía 57 años. Pese a las circunstancias aparentemente tan absurdas que pusieron fin a su vida, creo que Franco Volpi tuvo su propia muerte, esa muerte nacida de la propia vida que Rainer María Rilke imploraba a su Dios para cada uno de los hombres. En su conferencia, en efecto, nos había dicho que lo mejor era que la muerte nos encontrara haciendo algo que amábamos.

Sin embargo, no puedo impedirme de pensar que éste fue un nuevo crimen del automóvil, y que su desaparición es particularmente difícil de aceptar, incluso, para quienes le trataron poco y sólo comenzaban a conocer su obra. Para no dejarlo partir tan pronto, para guardar su presencia y su pensamiento entre nosotros, pues no nos conformamos, nos queda su obra. Invitémonos a su lectura.

Jesús Rodolfo Santander

 
   
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