EXPOSICIÓN Y ARGUMENTACIÓN

Walter Redmond*

 

Hace algunos años, un amigo me hizo una pregunta que me obligó a reflexionar sobre la cuestión del estilo filosófico: las distintas maneras en que los filósofos escriben y quizás también las maneras en que piensan. Mi amigo es filósofo, se doctoró en Viena y acaba de publicar un libro en una editorial importante sobre un filósofo alemán que figuraba entre los discípulos de Edmund Husserl. La pregunta de mi amigo tuvo que ver con este filósofo: “¿Has leído alguna página donde –aquí mencionó el nombre del filósofo- haya ofrecido un argumento para apoyar lo que dice? Creo que la pregunta que me hizo en esa época era problemática para él y filosóficamente decisiva, pues estaba a punto de abandonar Europa y aceptar una posición como profesor de ética en otro país. Dijo que se impacientaba de semejante manera de filosofar: lanzar pareceres sin dar evidencia, y sentía la necesidad de habérselas con filósofos que trabajasen con razonamientos explícitos. Yo, tras reflexionar un rato, le contesté que, aunque no conociera tanto al filósofo al que se refería, estaba familiarizado con el estilo de filósofos que escriben sin ofrecer argumentos.

     Expositores y argumentadores

 La pregunta de mi amigo, digo, me hizo reflexionar. Es posible, pensé, clasificar a algunos filósofos recientes en dos grupos según este criterio de la argumentación: (1) los expositores, que desenvuelven su pensamiento sin ofrecer razones explícitas, y (2) los argumentadores, los que suelen sacar conclusiones. No digo, evidentemente, que los argumentadores no expongan ni que los expositores no razonen, sino que se trata de tendencias relativas.

            Cuando examinamos los dos estilos sugeridos por la presencia o ausencia de argumentos, es posible que encontremos otros rasgos. Me imagino que si bien todos los filósofos usan términos técnicos, los expositores no estipulan el sentido de sus términos tanto como los argumentadores (y la costumbre de algunos expositores de usar expresiones oscuras o hasta estrafalarias, raras veces aparece en los argumentadores). Quizás también los argumentadores tienden a despedazar los argumentos de sus oponentes (pues éstos suelen ser otros argumentadores) y los expositores suelen criticar a sus adversarios contraponiéndoles sus propias posturas.

            Sea como fuere, hay otra diferencia muy obvia: el uso explícito de la lógica. Muchos argumentadores estructuran sus razonamientos lógicamente, esgrimiendo “pruebas en forma”; el empleo de un aparato lógico explícito no es frecuente entre los expositores, aun cuando escriben sobre la lógica misma.

      Enriquecimiento

 Si bien los dos estilos son reconocibles, no podemos meter a todos los filósofos en una u otra casilla; no obstante, algunos filósofos, sobre todo en el siglo XX, pueden clasificarse así. También es evidente que los estilos corresponden, aproximadamente, a las dos maneras generales de hacer filosofía en el siglo XX. Los expositores pertenecen a la corriente “fenomenológica” (en sentido general, e incluye no sólo a Husserl sino también a Bergson, Heidegger, Sartre, los “posmodernos”, etc.) o “continental” (pues el empuje original ha sido sobre todo alemán y francés). Y los argumentadores son de la línea “analítica” que se ha desenvuelto en los países de habla inglesa, pero con ayuda de filósofos germanohablantes como Wittgenstein en una fase de su desarrollo. 

            Es importante insistir en que no hacemos juicios de valor sobre estas maneras de filosofar; no queremos decir que una sea “mejor” que la otra. Muchas de las mismas posturas, en efecto, aparecen en ambas corrientes. Hay deterministas y partidarios de la libertad entre los expositores y argumentadores, y en ambos grupos figuran tanto realistas como escépticos. Aún más, cuando ambas corrientes tratan los mismos problemas, sus aproximaciones tienden a ser distintas, y el cotejo de ellas revela frecuentemente una convergencia que es mutuamente enriquecedora. Sin embargo, tristemente, los filósofos generalmente se quedan con los suyos y no se atrevan a cruzar fronteras.

      Esotérico y exotérico

Desde el principio ha existido una variedad de estilos filosóficos. Podríamos suponer -equivocadamente- que nuestra distinción entre expositores y argumentadores corresponda a aquella distinción famosa entre las obras “esotéricas” y “exotéricas” de Platón y Aristóteles (han sobrevivido exotéricas de Platón -los diálogos- y esotéricas de Aristóteles, pero también existen unas exotéricas). No es así, pues lo que Sócrates hace al interrogar a sus interlocutores es precisamente exigir que presenten pruebas de lo que dicen, exponiéndolos así a la crítica. La “dialéctica” es precisamente un argumento comunitario, un esfuerzo común, una conversación o “diálogo” (la palabra se relaciona con “dialéctica” en griego) que conduce a alguna parte. El diálogo argumentativo entre los contrincantes del debate fue analizado y estructurado en la Edad Media bajo el rubro de las obligationes -y formalizado últimamente en la lógica dialógica (en reconocida continuidad con los medievales) por filósofos en Alemania.

            Aristóteles y los estoicos, con antecedentes en los megáricos y eléatas, hicieron una importante formulación de las reglas de la argumentación, un quehacer filosófico llamado tradicionalmente “lógica” o “dialéctica” (es significativo, si no me equivoco, que algunos expositores del siglo XX se hayan interesado más por los presocráticos, cuyo estilo es aforístico –y tiene que serlo, pues mucho de lo que conservamos de ellos no son sino fragmentos). En cambio, los escolásticos medievales tendían a ser argumentadores entusiastas (a veces excesivamente), empleando la lógica no sólo en la filosofía sino en otras áreas también. Muchos filósofos de la primera parte de la modernidad eran argumentadores; Hume es un ejemplo aunque también usó el estilo dialógico.

              En esa misma época, en la primera fase de la filosofía moderna, ocurrió un cambio de esotérico a exotérico en contraste con la escolástica medieval y renacentista. Las obras de los escolásticos eran “esotéricas”, escritas para otros filósofos (potenciales o actuales) en el ambiente universitario, mientras que filósofos como Locke, Descartes y Hume escribían para el público culto general. Demuestra esto una rápida comparación de las obras filosóficas mexicanas en los siglos XVI y XVII (esotéricas) con las escritas a partir de la segunda mitad del siglo XVIII (exotéricas). Sin embargo, Hume y Díaz de Gamarra (quien escribió para un círculo más allá de sus alumnos), son exotéricos y argumentadores al mismo tiempo. En cambio, muchas obras de estilo expositivo del siglo XX son tan esotéricas que la media de los hombres educados apenas podrían entender una palabra. No coinciden, pues, las dos distinciones: exotérico/esotérico y expositor/argumentador.

      Lógica y movimiento

Podemos divisar, creo, los antecedentes inmediatos de los estilos expositivos y argumentativos que estamos sugiriendo. Es notorio que la lógica sufría una decadencia desde el siglo XVIII, en realidad desde mediados del siglo XV, menguando el avance medieval de la lógica (antes de la renacentista). Augustus De Morgan comentó (Formal Logic, 1847) que Richard Whately en su Elements of Logic (1826) tuvo el mérito de reinaugurar la lógica en Inglaterra. Pero fue otro evento en la filosofía continental, específicamente en el idealismo alemán, el que tuvo consecuencias enormes y duraderas para el uso de la argumentación explícita en la filosofía. El evento fue la redefinición de “lógica” y “dialéctica”, términos que, con “analítica”, habían designado la disciplina desde los griegos (y se usaban de manera intercambiable en muchos textos escolásticos, si bien “dialéctica” retenía otros sentidos). Tradicionalmente estas palabras indicaban el estudio -y la realidad estudiada- de la argumentación correcta. La lógica “entregaba (tradere)” reglas que tenían la finalidad, práctica y teórica, de garantizar que lo afirmado por un discutidor verdaderamente, descanse sobre lo que supone y de descubrir exactamente lo que está haciendo un pensador cuando sus supuestos “se mueven” hacia sus tesis. El ideal es que el argumentador ponga, a la vista de los que participan en el debate, de dónde vienen sus afirmaciones, sin ocultar nada, sin guardar secretos.

            Hegel ensanchó el sentido de “lógica” y “dialéctica”. Para él, como para los lógicos anteriores, los términos describen un movimiento “mental”, “espiritual” (si usamos las palabras en un sentido muy amplio). Pero la gran novedad es lo que hay que entender por Espíritu, pues Hegel piensa que todo es básicamente “Espíritu”. Por ello la realidad ahora se mueve “lógicamente”; el movimiento del mundo es “dialéctico”. Y hasta filósofos no idealistas, como Marx por ejemplo, seguían usando “dialéctica” de la naturaleza, de la sociedad, de la realidad a secas.

              La lógica, pues, dejó de ser lógica en su acepción tradicional. Y la redefinición introdujo una confusión que continúa hasta nuestros días. Se ha tenido que hacer una distinción entre la lógica “formal” (= lógica) y otras “lógicas” (como la “dialéctica”). Y ahora tenemos que usar comillas para distinguir la lógica de las “lógicas” que no lo son.

      El olvido de la lógica

Otra consecuencia de la redefinición de “lógica” fue que aceleró la pérdida de interés en la lógica entre los filósofos. La rápida extensión del idealismo, no sólo en el Continente sino también en los países de habla inglesa, fue un factor para el olvido de la lógica en la filosofía del siglo XIX. Después de una historia tan respetable de casi dos milenios y medio, la lógica -para vergüenza de la filosofía- tuvo que ser redescubierta fuera de la filosofía, en las matemáticas. De Morgan y George Boole, con sus publicaciones en 1847, reiniciaron el estudio de la lógica. De Morgan escribió sobre “los fundamentos del álgebra” (1839) y el “álgebra booleana” tiene aplicación hoy en la computación. Frege, buscando los fundamentos de la aritmética, recuperó toda la lógica básica alrededor de 1900 en su Begriffsschrift y avanzó (con otros) en la representación simbólica de la misma. Desde entonces la lógica comenzó a llamarse “matemática” por haberse refundado en esa disciplina fuera de la filosofía, o “simbólica” por su uso de signos artificiales (los lógicos griegos y medievales también empleaban símbolos). Los lógicos mismos desconocían sus vínculos filosóficos con la lógica dentro de la historia de la filosofía; hoy llamamos “de De Morgan” las equivalencias que ya se encontraban en los textos de lógica de los siglos XIII y XIV.

            La lógica volvió a entrar en la filosofía, en la corriente que después se llamaría “analítica”, sobre todo después de la publicación por Russell y Whitehead de Principia mathematica en 1910-13. Entre tanto el idealismo había desaparecido de Inglaterra (criticada por Moore) y de Estados Unidos (criticada por Santayana y otros realistas). Fue incorporada en la metodología de varios filósofos como Carnap y Wittgenstein en la primera mitad del siglo XX. Pero la lógica tuvo que volver a entrar a codazos en la corriente analítica; por ejemplo, en la llamada “filosofía del lenguaje ordinario” hubo reacción contra su uso (con su consigna “no puede simbolizarse todo argumento válido”). Pero la lógica simbólica nunca ha hecho mucha mella en las filosofías continentales que se han atenido a la modificación del concepto de la lógica hecha hace dos siglos.

            Ahora muchos filósofos usan la lógica como antes en la historia de la filosofía, sobre todo después de la recuperación de la sintáctica y semántica modales que los escolásticos habían desarrollado. Y lo que le pasó a la lógica influyó en el estilo expositor, diferenciándolo del estilo argumentador.

    Psicologismo y nominalismo

Comentemos entre paréntesis la ambigüedad de “mental” o “espiritual” cuando estos términos se refieren a aquello que estudia la lógica (tomándose “lógica” en su sentido normal). La filosofía hoy, como repetidas veces en su historia, está llena de psicologismo (o conceptualismo) y nominalismo. El psicologista ve el movimiento de la lógica como un aspecto del “pensar” de un pensador individual. El nominalista ve el movimiento de la lógica como un aspecto del lenguaje, de palabras o “textos” en varios sentidos. Y hay personas hoy, dentro y fuera de la filosofía, que quieren que la lógica se conforme con la imprecisión y confusión de nuestras ocurrencias (por ej., la “lógica borrosa” o “difusa”). ¡Vaya tergiversación de la importancia tradicional de la argumentación! Se ha refutado una y otra vez tanto el psicologismo como el nominalismo en la historia de la filosofía (varios psicologistas y nominalistas actuales a veces no parecen darse cuenta de esto). Frege y Husserl figuran entre los que se han opuesto al psicologismo. Un lógico cuzqueño del siglo XVII, Juan de Espinosa Medrano (Philosophia thomistica, Roma, 1688, 38:34), compuso un poema para celebrar otra caída del psicologismo y nominalismo en su tiempo:

             Me Ockhami sectam Hurtadus revocaret ab Orco

            Ter functam; at quarto nunc sequor Eurydicen;

            En jaceo, ingeniis non tanta potentia in umbris,

            Vox et conceptus absque re larva sumus.

            A mí, secta de Ockham, Hurtado del infierno

            Me vuelve a sacar, tres veces fallecida ya,

            Mas ahora por cuarta vez a Eurídice sigo;

             Heme aquí, en las sombras impotente yazgo,

            Un fantasma, palabra y concepto, sin realidad.

            Reconoció cuatro brotes del nominalismo: Heráclito, Roscelino, Ockham, y Pedro Hurtado y otros jesuitas de su propio siglo; se deprimiría si supiera lo que la filosofía tiene que soportar hoy.

      Avances e inducciones

Por otro lado, es obvio que la lógica se relaciona con el pensamiento y con el lenguaje; una relación se encuentra, evidentemente, en la argumentación. Algunos pensadores durante el primer fervor de la ciencia experimental repetían que el “silogismo” no vale o vale poco, porque no puede “conducir a verdades nuevas”, pues la conclusión no dice más de lo que ya está en las premisas. En realidad, al menos desde el tiempo de F. Bacon se hablaba de una lógica que pudiese hacer avanzar al pensamiento humano. Pero tal crítica pierde de vista precisamente la relación entre la lógica y la argumentación. Nadie dice, en efecto, que las premisas no se refieran a la conclusión, pues esta asociación es precisamente la relación lógica.  Lo que es nuevo, pues, es el argumento mismo: todo el proceso de llegar a la tesis que el argumentador quiere afirmar a partir de los supuestos que quiere poner “a la vista”, y este proceso, si vale, si de veras llega a la tesis, tiene que encarnar la lógica.

            Se dice que hay que renunciar a los argumentos deductivos en favor de los inductivos, alegando a veces que éstos pueden servir mejor, porque aquéllos, por encerrar la necesidad, son demasiado fuertes. Antonio Rubio, en su Lógica mexicana (1603ss) evitó tales confusiones interpretando una distinción que se remonta a Aristóteles. Hay argumentos “apodícticos” que constan de premisas necesarias y argumentos “dialécticos” (en otro sentido del término) cuyas premisas no son necesarias, sino que tienen que ver con la verosimilitud. Pero la lógica es igual -o sea, necesaria- en ambos casos. Hay varios estados epistémicos que una persona puede tener en torno a una proposición necesaria, como con cualquier otra proposición: conocimiento, opinión racional, sospecha, conjetura, vacilación, etc.

              La lógica inductiva, claro está, era tradicional; los lógicos de la Nueva España, por ejemplo, hablaban de los argumentos inductivos como inductio o ascensus. Esto es un ejemplo de un “ascenso”:

              premisa: este animal y ese animal y aquel animal... tienen ácido nucleico

            conclusión: todo animal tiene ácido nucleico.

          Claro que este argumento no es concluyente en el sentido lógico; el problema toca los puntos suspensivos, pues el que ofrece el argumento tiene que asegurarse de que hay una “inducción adecuada”. Los escolásticos se daban cuenta de esta exigencia y discutían varios tipos de verificación. Una solución fue la constantia una premisa (o metapremisa) que había que insertar en el argumento, como por ejemplo: “son prácticamente todos los animales”, otro sería “si basta la inducción, la conclusión es aceptable”. En todo caso, hay que explicitar teóricamente los presupuestos de la argumentación, aun cuando ésta sea inductiva, y al hacer esto, parece que tenemos un argumento lógicamente válido.

    Envío

Una conclusión de estas elucubraciones puede ser que factores históricos, y ciertos malentendidos que ocasionaron, hayan afectado el estilo filosófico cuando la argumentación explícita caía en desuso. Otra conclusión que sacaría mi amigo es que la reincorporación de tal argumentación habría ayudado al filósofo sobre quien escribió el libro. Y una tercera, ni fallor, sería que la costumbre tradicional de usar argumentación explícita no podría ser sino un complemento al estilo expositivo y que tal vez promovería la convergencia de las filosofías.

 


* Walter Redmond es profesor emérito de la Universidad de Austin, Texas, EUA.