LA
TEORÍA DE GÉNERO EN LA PERSPECTIVA FENOMENOLÓGICA DEL CUERPO VIVIDO*
Aunque la teoría de
género se apoyó en el rico aporte de ciencias particulares que le permitieron
obtener nuevas perspectivas para entender mejor las diferencias humanas, sin
embargo, no logró todavía una aclaración de su base fenoménica, ni una fundamentación
filosófica mediante el análisis de sus conceptos. Mi propósito fue avanzar en
la fundamentación mediante esa aclaración y ese análisis, y para eso intenté
comprender los estudios de género a la luz de la fenomenología de Maurice Merleau-Ponty,
pues él, que había analizado la experiencia vivida descubriendo el sentido de
la existencia encarnada en un cuerpo y reconociendo en éste último el lugar
de la percepción y el punto de partida de un análisis esencial de la existencia,
había apelado a un método fenomenológico riguroso que pudo enfrentarse
de manera crítica a la explicación científica externa que de los hechos biológicos,
psicológicos y culturales ofrecían las ciencias. Sin negar lo que de construcción
social tenga la existencia femenina, pero comprendiendo que esa existencia no
se puede reducir a una mera construcción cultural, sostuve en este trabajo que
la posición culturalista había descuidado la experiencia vivida del cuerpo femenino
y que podía todavía hacerse una lectura más aguda de las diferencias culturales
entre los géneros, de los significados del mundo y de la cultura vivida por
las mujeres, a cuya interpretación sin duda había contribuido la teoría de género,
si se la completaba a ésta prolongando los análisis en el campo de la experiencia
vivida con la ayuda de un método fenomenológico. Concluí que mediante una domesticación
que atribuye valor a los aspectos exteriores del cuerpo, la sociedad construye
un rol para las mujeres que les impide tomar conciencia y vivir su propio cuerpo
y frente a esta situación mi propuesta fue educar la mirada femenina para descubrir
en la experiencia vivida los aspectos verdaderamente esenciales de la mujer.
A continuación señalaré algunos de los aspectos más importantes de esta investigación.
La teoría de género tiene una gran significación para analizar los problemas fuera del
terreno biológico, y comprende la diferencia entre los géneros a partir del
terreno simbólico. Pone en cuestión los postulados sobre el origen de la subordinación
femenina, dando cuenta de los mecanismos de ésta, y permite delimitar con claridad
y rigor cómo las diferencias entran en una dimensión de desigualdad, de juego
de poderes y contrapoderes.
Vemos que la delimitación
de la esfera psicosocial mujeres/hombres no está determinada en dicha perspectiva
genéticamente, ni se adquiere con rapidez o fácilmente; se construye progresivamente.
La categoría de género resulta indispensable para desentrañar los significados
de la cultura, para cuestionar códigos heredados, sean éticos, políticos o de
cualquier otra índole. Insistiendo en la diferencia, la teoría de género
nos ha ayudado a entender que las relaciones de género son una dimensión fundamental
para la comprensión del cuerpo femenino como cuerpo
vivido. Al hacer un análisis de los niveles psicológicos, culturales, económicos,
políticos y particularmente filosóficos, la teoría de género
ha señalado que las mujeres tienen una forma propia de vivir su cuerpo que es
diferente a la de los hombres e ignorada por estos.
En este marco conceptual
abordo el problema del cuerpo y más específicamente del cuerpo vivido. La palabra
“cuerpo” trae consigo, ineludiblemente, un mundo de significaciones, ya sean
afectivas o valorativas, históricas o culturales. Sobre la percepción del cuerpo
ha influido la religión, el arte y la cultura en general. La filosofía clásica
se preocupó por el tema del cuerpo desde Platón y Aristóteles en una perspectiva
dualista que pasó a través de Descartes y Spinoza hasta nuestros días. En el
pensamiento contemporáneo, o más precisamente, en la filosofía de la existencia,
se piensa el cuerpo no como una dualidad sino en el cuadro de la categoría heideggeriana
ser-en-el-mundo, es decir, la
estructura fundamental de la realidad humana.
Ha sido Merleau-Ponty
quien, en una perspectiva fenomenológica, va a hacer del cuerpo vivido un tema expreso de su reflexión. Dicho filósofo afirma que el cuerpo es el punto de referencia a
través del cual se articula el mundo, en donde se ponen en juego toda la constelación
de las relaciones subjetivas e intersubjetivas del ser humano en la sociedad.
Desde esta perspectiva, el cuerpo es el campo primordial donde confluyen y se condicionan todas las experiencias,
las situaciones vividas a través del cuerpo, el cual se nos va haciendo cada
vez más personal.
El primer capítulo
de ésta investigación está divido en dos partes, en la primera parte del capítulo,
analicé el feminismo, los estudios feministas; puntualicé que la teoría de género,
como nueva manera de interpretación, vino a desarrollar una mirada más atenta
de la condición femenina en la cultura patriarcal. Subrayé, también, la importancia
de las categorías fenomenológicas tratadas por Simone de Beauvoir en El segundo
sexo. Esta filósofa ha jugado un papel relevante en la reflexión sobre la
situación de las mujeres.
En la segunda parte
de éste capítulo mostré que las ciencias humanas, aunque han enriquecido la
comprensión del ser humano, sin embargo, no nos han proporcionado todavía una
visión totalizadora del ente humano; nos hablan únicamente de una acción donde
se combinan condiciones del tipo psicológico, social e histórico, sin explorar
la subjetividad.
Análisis de algunas
afirmaciones de ciencias humanas como la Antropología, la Sociología y el Psicoanálisis
para sacar a la luz los prejuicios que ellas encierran cuando se ocupan de las
mujeres.
Asimismo, intenté
justificar el ensayo de considerar los estudios feministas con una mirada fenomenológica,
recordando que la fenomenología puede darnos un sentido más total del ser humano
porque responde a los aspectos más esenciales de la existencia.
En el segundo capítulo
traté el tema del cuerpo como problema filosófico. Haciendo una breve historia
del concepto de cuerpo quise referirme a la confrontación de Merleau-Ponty con
la posición del dualismo cuerpo-alma
que dominaba la tradición. Traté de mostrar de qué manera el filósofo francés
veía la fenomenología y precisar el significado de su crítica al trabajo realizado
por las ciencias humanas; una crítica que buscó menos refutar que usar las explicaciones
causales de la ciencia para comprender el sentido de una teoría y situarla de
una manera justa dentro del panorama de las investigaciones sobre el ser humano.
El gran interés de
este filósofo para nuestro problema está en que él marca la diferencia entre
pensar al cuerpo como objeto y pensar al cuerpo como cuerpo
vivido. Merleau-Ponty habla
del cuerpo vivido desde la perspectiva abierta por su concepción fundamental
de la percepción. Es por ésta que se nos revela el cuerpo y por ello nos es
imposible decir que únicamente estamos en el mundo; más bien tenemos que decir
que el mundo está en nosotros. Esta perspectiva deja afuera la idea del cuerpo
como objeto, como algo positivo, duro, indeformable y, por lo mismo, intemporal
y extraño a la experiencia que de él tenemos.
Finalmente, describí
el fenómeno que ha servido de base para la construcción de la noción de género,
aclaré por qué el género es una representación y un constructo de identidades
y terminé bosquejando una teoría fenomenológica sobre la categoría de género,
partiendo de la postura de Merleau-Ponty.
Sobre esa base, y
porque no basta señalar el carácter esencial del cuerpo vivido, sino que también
es preciso mostrar que el cuerpo es el cuerpo de cada uno, de una mujer o de
un hombre, en el tercero y último capítulo analicé la vivencia femenina del
cuerpo, tratando de definir de una manera incipiente y general cómo vivimos
nuestro cuerpo las mujeres y de qué manera influye la “educación” con una interpretación
que nos lo presenta siempre como cuerpo exterior y nos impide de vivirlo como
propio. Mostré que por la “educación” recibida en la sociedad muchas
mujeres no llegamos a vivir nuestro cuerpo desde dentro. Nuestras vivencias,
al ser interpretadas de manera enajenante, olvidan al cuerpo vivido por cada
cual, e incluso, los derechos que tenemos sobre nuestro cuerpo, y simplemente
llegamos a verlo de manera externa. Veo en la fenomenología un camino para recuperar
nuestra experiencia original del cuerpo y de esa forma liberarnos de la “domesticación”,
que nos fue infligida por la pseudoeducación recibida.
Tomando como fundamento
lo anterior, esbocé, desde un horizonte de sentido que tenga en cuenta el interés
de las mujeres, los principios de una educación que se de por objetivo
la apropiación, por parte de ellas, de su cuerpo como cuerpo vivido.
Tal educación no debe olvidar las diferentes formas posibles: no sólo
las diversas maneras en que en general viven su cuerpo las mujeres con respecto
a los hombres, sino también, las diversas posibilidades de vivir ellas su propio
cuerpo.
*
Resumen de la tesis que la autora defendió en la UNAM, en marzo de 2001,
para obtener el grado de Maestra en Filosofía.