¿ES POSIBLE MANTENER AÚN LA ONTOLOGÍA FRENTE A LA HERMENÉUTICA?
RESPUESTA DESDE UNA HERMENÉUTICA ANALÓGICA

Mauricio Beuchot*

Introducción

En la actualidad asistimos a una presencia muy fuerte de la hermenéutica. Se la ha visto como la metodología más propia sobre todo de este fenómeno llamado posmodernidad. Por otra parte, se ha pensado que la hermenéutica debe acabar con la ontología (o metafísica, según una denominación más amplia), que no pueden convivir las dos, sino que, por haberse impuesto la hermenéutica, la ontología tendría que desaparecer, así sea poco a poco, en una muerte lenta. Por eso se habla tanto de esta época como postmetafísica.

         Sin embargo, en este breve ensayo trataré de esbozar algunas pistas de reflexión y algunos argumentos que nos muevan a pensar que la ontología no ha desaparecido, ni tiene por qué desaparecer. Ambas, la hermenéutica y la ontología no sólo pueden convivir, sino que deben convivir. En efecto, tanto Derrida como Vattimo han visto que, si la metafísica desaparece, también desaparecen la desconstrucción y la hermenéutica misma. La desconstrucción, porque precisamente lo que desconstruye es la metafísica, y, si ésta se acaba, se acaba también la desconstrucción, no teniendo ya nada que desconstruir; y también la hermenéutica, porque se trata de hermeneutizar a la ontología, y si la ontología desaparece, la hermenéutica perderá su función y su sentido. Así, pues, de lo que se trata es de congeniarlas: hay que hermeneutizar la ontología, es verdad; pero también hay que ontologizar a la hermenéutica.  

Hermenéutica

        Veamos primero qué entendemos por "hermenéutica". La hermenéutica es la disciplina de la interpretación de textos. Algunos hacen derivar su nombre de Hermes, el dios mestizo ‑parte divino, parte humano‑ que llevaba mensajes de los dioses a los hombres, que servía de traductor entre unos y otros. Mas, aunque esta etimología ha sido rebatida recientemente,[1] tiene el poder de suscitar la idea de que el hermeneuta sirve de intermediario, para lograr una buena comprensión, una buena comunicación.

         La hermenéutica tiene una larga historia. En el ámbito de los griegos, se remonta a los presocráticos; pero aparece de modo más claro en Platón, y más aún en Aristóteles (en su Peri hermeneias y la Retórica). Sobre todo se hace fuerte en la filosofía helenística, en estoicos y neoplatónicos, por ser periodo de decadencia, porque ya los pensadores no son griegos, sino sirios, egipcios, y romanos, etc., y tienen que hacer una nueva comprensión de la cultura griega, sobre todo de su religión, y ya la leen de manera alegórica, no literal. Al parecer, la hermenéutica se da o se fortalece cuando el sentido de los textos ya no es claro, cuando el sentido literal se esfuma, y se entra en el laberinto del sentido simbólico, con el consiguiente peligro de perderse irremisiblemente.

        En la época patrística y medieval, la hermenéutica fue utilizada para alentar la huida de las herejías, la lucha contra ellas y la búsqueda del seguro puerto de la ortodoxia. También se ve que la hermenéutica se da o se fortalece cuando la nave de la comprensión se halla en la navegación azarosa de los múltiples sentidos. Por eso la hermenéutica decae en la modernidad, aunque se preserva en cierta medida. En el renacimiento y en el barroco se refugia en el hermetismo, donde surge una gran euforia por la emblemática y los mensajes cifrados. Se oculta en la modernidad propiamente dicha, racionalista, empirista e ilustrada, es decir, poco interesada en lo que es ambiguo y con pliegues. Resurge en el romanticismo, cuando se intenta interpretar sobre todo por el sentimiento, como en el caso notorio de Schleiermacher. Naufraga en el positivismo, el cual no ama el ocultamiento del sentido, sino que pretende todo claro y distinto. Y resurge a finales del siglo XIX y principios del XX, con Nietzsche y Dilthey. Cobra fuerza después, con Heidegger, Gadamer y Ricoeur.[2]

      Inclusive, autores que ahora han desembocado en la pragmática, como Apel y Habermas, tuvieron su etapa hermenéutica. Varios filósofos analíticos han desembocado en algún tipo de hermenéutica, al menos en un estudio profundo de la interpretación, como Davidson, Rorty y Putnam. En este proceso ha estado muy presente el "segundo" Wittgenstein. Pero es sobre todo en la posmodernidad en la que la hermenéutica ha hecho eclosión. Es cierto que no se podría llamar a todos los posmodernos hermeneutas, pero la filosofía se ha orientado en esa línea, y se encuentran enseñanzas hermenéuticas en filósofos tan dispares como Foucault, Deleuze, Lévinas, Derrida y, sobre todo, Vattimo. En éstos se ve, más bien, como presencia fuerte las de Nietzsche y el "segundo" Heidegger.  

Hermenéutica y ontología

         La hermenéutica, en la actualidad, ha tendido a desbancar a la ontología. Siguiendo a Nietzsche, Vattimo ha dicho que la hermenéutica es, por vocación, nihilista. Ello implica que es anti-ontológica, es decir, que, al acompañar a la ontología, la hermenéutica inevitablemente la inyecta de nihilismo, y la va minimizando hasta hacerla desaparecer. Se ha dicho, también, que ello implica buscar una filosofía débil, esto es, no violenta, ni prepotente, ni impositiva, que no defienda estructuras rígidas, sino abiertas.[3] Rechaza una ontología fuerte, del sujeto; y pone en entredicho una ontología del fundamento; ahora el fundamento es hermenéutico, no ontológico.[4]

        Es cierto que hay que hermeneutizar a la ontología, la cual ha sido excesivamente rígida, sobre todo como egología cartesiana, como la moderna ontología del sujeto; así ejerció violencia contra la hermenéutica. Pero también es cierto que hay que ontologizar a la hermenéutica; pues, si antes la violenta era la ontología, ahora la hermenéutica es la que lo está siendo: está aniquilando a la ontología, y, por lo tanto, oprimiéndola y violentándola, hasta hacerla desaparecer. Habiendo sido violenta la ontología con la hermenéutica, ahora se han cambiado los papeles, y resulta que la hermenéutica se ha vuelto violenta con la ontología. Hay que evitar esa nueva situación injusta. Recordemos la conflagración que anunciaba Anaximandro cuando predomina en exceso alguno de los elementos del ápeiron, esto es, de la substancia indeterminada que ponía como origen del cosmos.

      Me gustaría señalar lo que veo al trasluz de la semántica aristotélica, que tiene tres modos de significar y de predicar. Son la univocidad, la equivocidad y la analogía. La univocidad es la significación que tiene un término respecto de sus individuos completamente idéntica, con la misma claridad y distinción. La equivocidad es, al revés, la significación y predicación de un término respecto de sus individuos de manera completamente diferente, con oscuridad y confusión, es el reino de la ambigüedad. A diferencia de ellas, la analogicidad es la significación y predicación de un término respecto de sus individuos de manera en parte idéntica y en parte diferente, predominando la diferencia, por eso solamente se alcanza la semejanza. Hay en la hermenéutica univocismos y equivocismos, y hace falta la analogía, la analogicidad.  

Hermenéutica y analogía

        Tenemos, así, dos vertientes que pueden señalarse, a las que podemos llamar hermenéutica univocista y hermenéutica equivocista. La de tendencia univocista se da sobre todo en la filosofía científica, descendiente del positivismo, como en la hermenéutica/pragmática surgida de la filosofía analítica. La de tendencia equivocista se da en varios exponentes de la filosofía posmoderna, como en Deleuze, a pesar de su protesta de profesar el univocismo, ya que siempre se le ve más inclinado a preservar el "vocerío" de los entes en el ser, más que el rumor del ser en los entes; en Derrida, acérrimo defensor de la diferencia, y para quien todo lenguaje es ambiguo, sin posibilidad de ser reducido a alguna claridad; y en Rorty, para quien no existe ya ningún sentido literal, sino únicamente alegórico. Esas dos posturas extremas han provocado un solemne atorón en la discusión filosófica. No se avanza ni para un lado ni para el otro.

        Por eso me ha parecido que es necesaria una postura distinta, y la he buscado en algo que no caiga en la univocidad ni en la equivocidad, encontrando en la analogía una puerta.[5] La analogía es la proporción, la proporcionalidad, el equilibrio difícil en el que predomina la diversidad sobre lo semejante; o si se prefiere, es el intento de preservar la diferencia sin perder la capacidad de alcanzar en alguna medida lo semejante. La analogía es producto del asombro griego ante el misterio. Es lo que descubrieron los pitagóricos cuando se toparon con los números irracionales, para alcanzar alguna exactitud, sólo proporcional. Es lo que hizo Platón, al usar mitos y parábolas. Encuentra un lugar privilegiado en Aristóteles, quien dice que "el ser se dice de muchas maneras", al igual que casi todos los principales conceptos. Es lo que recorre la Edad Media en teólogos y místicos como Santo Tomás y Eckhart. Es lo que se da en el barroco, juego de lenguajes conceptuales y culteranos. Es lo que, al decir de Octavio Paz, se recupera fuertemente en los románticos y los simbolistas. En el caso de América Latina, está presente en el barroco y en poetas simbolistas como el propio Paz, Ramón Xirau y Gabriel Zaid.

Hermenéutica analógica

        Ante ello, me he preguntado si no valdría la pena recuperar y vertebrar o articular lo más posible, con instrumentos de la filosofía reciente, este concepto tan propio de nuestra tradición (novohispana y contemporánea), para destrabar en alguna medida el diálogo filosófico. Creo que la utilización del pensamiento de la analogicidad, en concreto una hermenéutica analógica, puede darnos algo muy latinoamericano a la vez que universal, por el fruto ópimo que de ahí resultará, algo que parece un mestizo. Como Hermes.[6]

  La hermenéutica analógica pretende abrir las posibilidades de la interpretación, a un abanico amplio de lecturas válidas de un texto, pero jerarquizadas y con la posibilidad de decir cuáles se acercan más a la verdad del texto y cuáles se alejan de ella, de modo que se van hundiendo en la falsedad. También da la posibilidad de hacer de algunos textos una lectura literal y una lectura alegórica (o metafórica, o simbólica). Permite conjuntar o sintetizar aspectos diferentes en una unidad proporcional, es decir, en una semejanza, que nunca llega a la identidad, pues en ella predomina la diferencia.

        Con todo, permite universalizar; pues, entre esas particularidades y diferencias, es capaz de recoger las semejanzas. De este modo, sin traicionar las diferencias de las cosas, capacita para obtener sus semejanzas, permite universalizar. Brinda universales matizados, analógicos, cuidadosos con las diferencias de los individuos agrupados. Y con ello se posibilita la ontología o metafísica. Ciertamente no una ontología prepotente y monolítica, como lo sería una ontología univocista, del sujeto; pero tampoco una ontología equivocista, relativista y contagiada de nihilismo, pues eso conduce al escepticismo total. Sino una ontología también analógica, como la hermenéutica que la acompaña, de modo que sea débil sin difuminarse, y tenga la fuerza suficiente para orientar en la realidad. Una ontología analógica sería la verdadera ontología débil que busca Vattimo, pero no con la inyección nihilista que él dice, la cual es una carga equivocista que le endilga, sino lo suficientemente fuerte para permanecer. Puede seguir siendo una ontología del fundamento, pues será un fundamento análogo, es decir, débil; y es que si ahora se quiere que el fundamento sea hermenéutico, como pide Vattimo, otra vez la hermenéutica hará violencia al des-truir, y hay que evitar toda violencia, inclusive ésta.

Hermenéutica analógica y ontología

        Así pues, una hermenéutica analógica permite una ontología, también analógica, auténticamente débil o no prepotente ni violenta, que le pueda corresponder y acompañar. De esta manera tendremos una ontología que ha pasado por la experiencia de la hermeneutización, y que no haya quedado aniquilada, sino solamente debilitada, lo cual es muy sano, es decir, puesta en sus justos límites. Sin embargo, también es una ontología que ha ontologizado, o, mejor aún, re-ontologizado a la hermenéutica, con lo cual le da la posibilidad de acceder no sólo al sentido sino también a la referencia, de una manera analógica, módica y más sensata, sin las pretensiones que antes tenía (con la ontología del sujeto como fundamento). Igualmente, puede conservar una noción de verdad todavía correspondentista, pero que resulta compatible con la verdad como coherencia y con la verdad pragmática o como consenso, que es la más cercana a la hermenéutica; e incluso con la noción de verdad heideggeriana, como aletheia, según lo ha hecho ver recientemente Franco Volpi y Maurizio Ferraris.[7]

        Por lo demás, una ontología analógica no incurre en la acusación ‑hecha por Heidegger‑ de desconocer la diferencia ontológica, y, de acuerdo con ello, de haber olvidado el Ser, ni, en consecuencia, de ser en realidad una ontoteología. No desconoce la diferencia ontológica, sino al contrario: se da cuenta de que sólo con la diferencia analógica se puede conservar esa diferenciación profunda entre el ente y su ser; por ello no olvida al Ser, pues la analogía de éste con el ente la obliga a tenerlo siempre en cuenta como su correlato; ni tampoco es ontoteológica, pues con lo anterior no puede reducir a Dios a un ente, sino que, en todo caso, debido a la fusión de su esencia con su ser, lo colocaría por encima de cualquier ente.[8] Una ontología univocista desconoce la diferencia ontológica, y todo lo hunde en la identidad; y una ontología equivocista también desconoce la diferencia ontológica, pues, al querer sostener sólo la diferencia, a costa de cualquier semejanza, salvaguarda la diferencia, pero le quita lo ontológica.  

Conclusión

        Vemos, así, que, más que abandonar y enterrar a la metafísica, lo que se necesita es replantearla, revitalizarla, como en su momento proclamó Jesús Conill.[9] Creo que debe recuperarse y replantearse atendiendo a las lecciones que le da la crítica posmoderna, en la que se la señala como prepotente y violenta. Hay que reducir sus excesos, y esto puede hacerlo la analogía, una hermenéutica analógica, que nos brinde una ontología analógica también, que, sin perder su fuerza explicativa, universalizante y argumentativa, nos dé un conocimiento del ser que resulte más significativo e interesante para el hombre.

 


[1]M. Ferraris, Storia dell'ermenéutica, Milano: Bompiani, 1989 (2a. ed.), p. 5.

[2]Sobre algunos aspectos de la obra de Ricoeur, puede verse M. Beuchot, Hermenéutica, lenguaje e inconsciente, Puebla: BUAP, 1988.

[3]G. Vattimo, Más allá del sujeto. Nietzsche, Heidegger y la hermenéutica, Barcelona: Paidós, 1992 (2a. ed.), pp. 43-44.

[4] Ibid., p. 52.

[5]M. Beuchot, Perfiles esenciales de la hermenéutica, México: UNAM, 1999 (2a. ed.).

[6]M. Beuchot, Tratado de hermenéutica analógica, México: UNAM - Itaca, 2000 (2a. ed.).

[7]M. Ferraris, La hermenéutica, México: Taurus Mexicana, 2000, pp. 54 ss.

[8]M. E. Sacchi, El apocalipsis del ser. La gnosis esotérica de Martin Heidegger, Buenos Aires: Basileia, 1999, pp. 61 ss.

[9]J. Conill, El crepúsculo de la metafísica, Barcelona: Ánthropos, 1988, p. 314.

*Mauricio Beuchot es investigador en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.