CLAUDE HAGEGE: HALTE A LA MORT DES LANGUES

Paris, Éditions Odile Jacob, 2000, 402 páginas

Hay científicos que escriben por pasión. Claude Hagège es uno de ellos. Su libro "Halte à la mort des langues" se puede leer como un llamado de auxilio para salvar la diversidad lingüística de nuestro planeta. Para lograr este objetivo, el primer paso es hacer consciente de la gravedad del problema a un público más amplio, especialmente a los propios locutores de las lenguas en vías de extinción. Por esto, el autor ha redactado su trabajo al alcance de un vasto público y no sólo para especialistas en lingüística.

 En una primera parte, el autor trata la relación entre lenguas y vida. Su vasto conocimiento de las lenguas (nunca quiere revelar públicamente cuántas sabe hablar) no sólo le permite abarcar la evolución histórica de éstas, sino también llevar al lector en un viaje por paisajes lingüísticos de todos los continentes e ilustrar su análisis con los ejemplos más curiosos. La historia de las palabras refleja la de las ideas del pasado; pero las lenguas tienen también la facultad de establecer un vínculo con el infinito e, incluso, pueden procurar un talismán de sobrevivencia. Así lo entienden al menos los Angmassalik de Groenlandia, quienes - al acercarse la muerte - adoptan un seudónimo para que ésta no los pueda hallar.

 En sus comentarios sobre los lingüistas alemanes Bopp y Schleicher del siglo XIX, Hagège admite que se puede establecer una analogía entre la vida de las lenguas y la de los animales y plantas, siguiendo el modelo de Darwin. En ambas esferas sobrevive el más fuerte; sólo que el mecanismo de selección natural que opera en el mundo biológico debe entenderse en términos económicos y sociales en el caso de los organismos lingüísticos. Además, a diferencia de los organismos biológicos, las lenguas no desaparecen forzosamente por completo cuando se dejan de hablar. Muere "la parole", pero puede seguir existiendo "la langue" (la descripción del sistema). Aquí reside también la esperanza de poder revivirlas. Algunos ejemplos de resurrección se exponen en la tercera parte del libro, especialmente el caso del hebreo que, habiendo perdido "la parole" durante varios siglos, actualmente es idioma oficial de todo un estado.

 En la segunda parte del libro, a mi juicio la más fundamental, el autor explica los tres perfiles de desaparición de las lenguas: la transformación (el nacimiento de nuevas lenguas, a partir del latín por ejemplo), la substitución (un proceso de fusión con otra lengua más dominante) y la extinción (muerte de los últimos locutores nativos), siendo éste último caso el que más nos concierne en la actualidad. Si bien es cierto que la "selección natural" afligió las lenguas desde su existencia, nunca antes alcanzó este fenómeno una dimensión tan alarmante como hoy: De las aproximadamente 5000 lenguas que todavía existen en el mundo, mueren unas 25 cada año, pues el ritmo de su desaparición se ha ido acelerando vertiginosamente. Las razones son múltiples, pero destacan entre ellas, como razón política, el "lingüicidio" del Estado, es decir, la eliminación encauzada de las lenguas por medio de medidas políticas[1] y, como razón económica, la presión de un sistema económico más poderoso que implica, por lo general, una baja de prestigio de las lenguas periféricas y también la obligación de conocer la lengua del sistema dominante para poder subsistir. "El imperialismo del inglés", así el título de un subcapítulo del libro, es el ejemplo actual más conocido al respecto. Cada vez más instituciones, empresas y también científicos en todo el mundo adoptan este idioma como lingua franca, sin ponerse a pensar que esto llevará a la atrofia de las demás lenguas.

Cabe preguntarse por qué debería salvarse la diversidad lingüística, si en el mundo moderno parece ser mucho más funcional el recurrir a unos pocos idiomas, adaptados además a las necesidades económicas y tecnológicas. ¿Acaso la multitud de lenguas no ha sido un obstáculo a la comunicación humana desde la construcción de la Torre de Babel? Para Hagège, la respuesta queda muy clara. Desde luego, no se puede partir de la idea de que las diversas lenguas son tan sólo maneras diferentes de referir realidades idénticas, es decir, que se pueden establecer equivalencias exactas entre ellas. Cada una reviste una perspectiva distinta de la vida y, en su particularidad, es un testigo único de una manera de percibir el mundo. Con la muerte de cualquiera de ellas se pierde una parte del acervo cultural y cognitivo de la humanidad. Por cierto, esta idea no es nueva, sino que ya fue expresada hace casi doscientos años por Wilhelm von Humboldt. Y si la lengua no es solamente un mero instrumento al servicio de necesidades técnicas y económicas, sino el medio en el que se genera y expresa una cultura, como lo afirma Hagège, cabe preguntarse qué sería de la evolución cultural de los pueblos si sólo persistieran unas cuantas o, incluso, una sola.

 Cómo medidas de rescate, el autor nombra cuatro posibilidades: programas de enseñanza bilingüe, la oficialización de una lengua, la implicación de los locutores en la revitalización de su lengua, y el trabajo de los lingüístas (tanto descriptivo como de concienciación). Sin embargo, pienso que no basta con acciones puramente lingüísticas para enfrentar el problema en todas sus dimensiones. El libro no aborda el tema de las concretas medidas políticas, económicas y sociales, que sería necesario tomar a fin de fortalecer la conciencia de identidad de los pueblos en cuestión y, sobre todo, para proveer fuentes de ingresos en el área de difusión de sus lenguas, de manera a disminuir la presión a emigrar hacia centros económicos más potentes y adoptar las lenguas dominantes, a expensas de sus lenguas originales en peligro de extinción. Pero la ausencia de propuestas más concretas no disminuye de ningún modo los méritos de la obra, la que quiero recomendar ampliamente a toda persona alarmada por los efectos negativos de la globalización y por la erosión de la diversidad de las manifestaciones humanas que ésta engendra.

 

Dorit Heike Gruhn

 


[1] Pensemos tan sólo en la historia colonial, que en todo el continente americano dejó cuatro lenguas europeas dominantes, eliminando o marginalizando a la casi totalidad de lenguas indígenas; pero también en la edificación de los estados nacionales europeos, que lograron -con su ideología de "un pueblo, una lengua, un territorio político"- una amplia homogeneización lingüística dentro de sus fronteras, en perjuicio de muchas lenguas regionales hoy extintas o agonizantes como, por ejemplo, el bretón o el frisón.